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Sé perfectamente que hay que soltar. El problema es que no puedo.

Jun 15, 2026 | Slider | 0 comentarios

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Hay un perfil en el mundo espiritual que todos conocemos y nadie admite ser: el que lleva años sabiendo que hay que soltar.

Ha leído los libros. Ha hecho los cursos. Conoce la diferencia entre ego y alma, entre resistencia y fluir, entre reaccionar y responder. Puede citar a Tolle de memoria, tiene la meditación matutina grabada en el calendario y usa palabras como «integrar» y «sostener el espacio» con absoluta naturalidad.

Y sin embargo.

Hay una persona en su vida —puede ser una expareja, un jefe, una madre, un hermano, o simplemente el vecino de arriba que mueve los muebles a las once de la noche— que con solo aparecer en su mente le sube la presión. Lleva años intentando soltar eso. Y no puede.

Cada vez que lo intenta, recuerda que «lo que resistes, persiste.» Así que deja de resistir. Y entonces nota que está resistiendo el resistir. Con lo cual persiste la resistencia al persistir de lo que resistía. En este punto, lo más espiritual sería reírse.

El péndulo no entiende de afirmaciones

Lo paradójico es que cuanto más practica el soltar, más presente está lo que quiere soltar. Como si el acto mismo de querer soltarlo fuera lo que lo mantiene enganchado.

Y es que así funciona el péndulo.

La vida oscila. Siempre ha oscilado. Entre lo que percibimos como bueno y lo que percibimos como malo, entre la calma y la tormenta, entre el amor y el resentimiento. El problema no es el péndulo. El problema es que solo nos gusta cuando está en el lado agradable.

Entonces hacemos algo lógico pero inútil: intentamos fijarlo ahí. Con meditación, con técnicas, con afirmaciones, con cursos. Y el péndulo, que no entiende de espiritualidad, sigue su ley natural. Solo que ahora hay un extra: además del lado que no queremos, está la resistencia a estar en ese lado. La resistencia a la resistencia.

Eso es lo que realmente nos atasca. No el resentimiento en sí, no el miedo, no la rabia. Sino el esfuerzo constante de no tenerlos. El buscador espiritual que lleva años «trabajando» en sí mismo a veces carga más peso que alguien que nunca ha abierto un libro de autoayuda, precisamente porque ha añadido a su carga original el peso de no estar ya iluminado.

Abrir la puerta al mensajero incómodo

¿Y qué pasa si en lugar de intentar soltar, uno simplemente se sienta con lo que hay?

No para quedarse ahí para siempre. No como resignación. Sino como quien abre la puerta al mensajero que lleva meses llamando. Porque ese mensajero —aunque traiga paquetes incómodos, aunque llegue en el peor momento, aunque su sola presencia ponga de los nervios— siempre tiene algo debajo del ruido. Una carta. Una verdad. A veces incluso una joya.

Lo que hay debajo del resentimiento que no puedes soltar suele ser amor. Amor herido, sí. Amor frustrado, quizás. Amor que esperaba algo que no llegó, o que dio más de lo que podía dar. Pero amor al fin.

Y lo que hay debajo de la máscara del buscador espiritual perfecto —el que medita, integra y suelta— también es amor. El amor que tapamos porque aprendimos que sentir demasiado era un problema. Que llorar era debilidad. Que necesitar era dependencia. Que enfadarse era feo.

La persona, en el sentido más literal de la palabra —del latín persona, que significa máscara de teatro— es exactamente eso: una máscara que llevamos tanto tiempo puesta que hemos olvidado que es una máscara. El buscador espiritual tiene su propia versión de esa máscara: la del que ya debería estar más allá de estas cosas.

No había nada que soltar

No hay nada que soltar cuando entiendes que debajo de todo eso está el amor. O más bien: el soltar ocurre solo, sin esfuerzo, cuando ya no hay guerra contra lo que sientes.

El péndulo sigue oscilando. Siempre lo hará. Pero hay una diferencia entre luchar contra él y aprender a moverse con él. Entre aferrarse al lado bueno con las dos manos y descubrir que el baile, en realidad, incluye los dos lados.

Cuando la máscara cae —no porque la hayas arrancado, sino porque ya no necesita estar ahí— lo que queda no es el vacío. Es el amor. Esa es nuestra naturaleza real: la que llevamos toda la vida tapando pensando que era algo que necesitábamos arreglar.

Llevas años intentando soltar. Quizás lo que toca es dejar de intentarlo.

Si algo de esto te resuena, hay un libro escrito exactamente para ti: Khyi Kyak La Verdad Desnuda. Disponible en Amazon. No promete iluminarte. Pero quizás te ayude a reírte un poco de Caca de Perro — que, al final, somos todos.

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